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El rol de un joven en política

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El rol de un joven en política

Cuando vemos a una persona joven, recién salida de la universidad o que nunca antes entró en política partidaria, tendemos a mirarla con ojos algo más optimistas que al político tradicional, el típico sindicalero de alto vuelo con más de 40 años de recorrido electoral.

El imaginario político dicta que el viejo, como dicen muchos cuando lo ven nuevamente en una papeleta electoral, "ya está corrupto". Es un pensamiento razonable, pues muchos de ellos han pasado por diferentes cargos públicos: fueron concejales, asambleístas departamentales, diputados suplentes y se postularon en todo lo que podían. Siendo que el sistema político boliviano, según el Índice de Percepción de Corrupción (IPC) al 2025, es efectivamente uno de los más corruptos de Latinoamérica, es sensato creer que alguien que ha estado mucho tiempo en ese espacio está manchado; que aprendió el arte del amiguismo, la maña y el deseo insaciable de poder.

Por eso, cuando vemos a un joven, más aún si en su pasado recurrió a actividades de voluntariado o activismo (catalogadas como altruismo de alto valor social), esperamos lo mejor de él. De ahí la famosa frase: "ser joven en política es una virtud". Sin embargo, ser virtuoso en política no responde simplemente a una cualidad etaria, sino a características mucho más complejas.

Un joven que inicia su vida política debe ser la punta de lanza del pensamiento crítico, la disrupción y el análisis riguroso. De nada sirve alguien que, en su primera experiencia política, reproduzca todas las prácticas deleznables que solemos ver en el escenario de la oscura política partidaria. Tristemente, esta es la situación más común.

Pensemos que todos los viejos políticos que hoy detestamos empezaron como ese joven al que, al inicio, veíamos con buena voluntad. Son, en muchos casos, lobos vestidos de ovejas: jóvenes cuya motivación para ingresar en política es amasar la mayor cantidad de poder que su discurso y su edad puedan conseguir. Estos no dudarán en convertir la organización estudiantil a la que tantos años le dedicaron en una escuela de formación para su partido. Usarán su experiencia en activismo para proclamar que ellos sí se preocupan por la gente, y usarán su edad como bandera y eslogan de campaña: "¡Es hora del cambio generacional!", "¡Soy joven y voy a luchar por mi país!", "¡Hay que jubilar a los viejos políticos!".

Un joven que ingresa en política debería aprovechar esa ventaja etaria para proponer aquellas cosas que son más incómodas de decir y que poca gente quiere oír. Hacer prospectiva política, pensar en cambios estructurales, imaginar una Bolivia diferente a largo plazo. Su bandera debe ser la innovación, proponer políticas vanguardistas con uso de big data e inteligencia artificial, aspectos en los que un joven parte con ventaja comparativa frente a una persona adulta. Ahí está la verdadera virtud de ser joven en política.

De nada sirve un recién graduado que no tenga diferencia discursiva alguna con un viejo lobo político que va por su cuarta elección a concejal. Peor aún, aquel que, en vez de atreverse a pensar diferente, reproduce las prácticas deleznables que criticamos de todos los políticos. Ojalá haya más jóvenes en política; ojalá exista algún día un partido político liderado por personas jóvenes, pero que sean de los que son verdaderamente virtuosos.

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